CUBA Y ARTE PORNO: LOS CAMINOS FUTUROS

Si se reduce la condición humana a unos pocos indicadores mínimos, tal vez sea exacto decir que somos cuerpos que sienten, piensan y hablan; en el polo opuesto, beben-comen, se reproducen, duermen y callan. No se trata de un simple rejuego entre conceptos, sino de concordar en que habrá siempre un número básico de escenarios a cuyo propósito tenemos todos experiencia y opinión: el de lo pornográfico uno de ellos.

Organizada por la artista y curadora Sandra Ceballos, en el espacio expositivo denominado Aglutinador y que ella mantiene en su casa desde hace años, tuvo lugar la inauguración de We are porno, sí. Primera Exposición Anual Internacional de Arte Pornográfico en la Habana. A nivel del país, luego de más de una década de exhibiciones de arte plástico y concursos o publicación de obras literarias que tienen como tema el erotismo, esta propuesta de ahora no puede sino ser analizada como una voluntad de radicalización. A pesar de ocurrir en una incómoda noche lluviosa, la afluencia de un público integrado en su mayoría por jóvenes fue masiva. En el contexto de Cuba, donde cualquier trabajo con límites de inmediato adquiere dimensiones extra-artísticas, el hecho envuelve un gesto que merece elogio al tiempo que despierta no pocas preguntas.

Que una exposición con semejante intención sólo haya podido ser organizada en un espacio privado, ilustra a la perfección las dificultades y cautelas con las que diariamente opera el sistema institucional cubano. Sandra, ella misma una sobreviviente de las prácticas artísticas de los ochenta cubanos, una época en la cual entró al país y se transformó en rápida fiebre la idea del artista como curador e interventor social, desplazó el concepto al erigir la casa propia en improvisada galería. Una galería que opone, a la perfección aséptica propia del salón para exposiciones, un espacio en donde se torna arduo “ver” y las interacciones personales (el “estar en el lugar exacto a la hora exacta”) terminan por dar el toque último que la obra necesita para alcanzar su plenitud como tal.

II

Aunque la sensación de camaradería, el ser testigo-partícipe de un circuito alternativo, la masividad de la asistencia (lo son, en las condiciones referidas, las más de 100 persona que hubo) e incluso el estado del tiempo reinante carezcan de significación artístico, sí es correcto afirmar que nos dibujan los contornos de un verdadero hecho social y es que pocas exposiciones fueron tan esperadas como ésta, tan necesaria y visiblemente faltante; una suerte de demanda que brota del agujero mismo de la falta, un agujero que resta coherencia al universo de las artes en un determinado país y lugar y es la inscripción que señala la zona a partir de la cual termina lo posible.

Partiendo de considerar ´´pornografía´´ una gama que va desde la alusión a los órganos sexuales hasta su presentación en pantalla o como elemento principal en al área de un cuadro, los artistas reunidos se propusieron usar para algo más estas “realizaciones” del deseo. Puesto que hay que asumir la combinación implícita en la propuesta global (PORNOGRAFÍA + ARTE) es justo aquí donde se revelan las sorpresas esenciales: el predominio de elementos lúdicos por sobre los dramáticos; la escasez de un plus que pida ir más allá de las imágenes y abra el diálogo hacia lecturas del dolor, la decrepitud, la muerte; el dominio de imaginarios heterosexuales; el tímido uso de la parodia y la ausencia de violencia, desesperación o escatología. En este sentido, la suma del material expuesto es más lúdica y celebratoria que exploratoria y perversa. Claro que esta opinión, si bien apunta a hechos verificables al contemplar la suma de obras exhibidas, carece de sentido si además no es contrastada con las dificultades del curador para conformar la muestra, algo a lo que Sandra (refiriéndose a la pobre participación femenina) hace alusión en una de las preguntas que aparecen en el catálogo.

III

La decisión de dar nombre a la exhibición mediante una estrategia de travestismo lingüístico que combina un auto-reconocimiento de identidad en idioma inglés (we are, lo cual instala como trasfondo el aparato de la más grande industria pornográfica del mundo) y una suerte de énfasis duplicador con la partícula afirmativa en español (sí) desvía el mensaje hacia la tradición cubana, la hipocresía social y, no en último grado, el aparato de la institucionalidad nacional. La reunión de obras de autores consagrados de varias generaciones (Servando Cabrera, Rafael Zarza, Chago Armada, Rocío García, Tomás Esson, René Peña, Elio Rodríguez, etc.) junto con otros muy jóvenes establece una línea de continuidad que, en las condiciones cubanas, equivale a una declaración orgullosa de supervivencia del deseo: los cuadros fueron pintados, los coleccionistas los mantuvieron y su capacidad de imantación se mantiene intacta ahora que se les puede ver. No es sólo que obras de semejante contenido desde siempre existieron (un cuadro de Servando Cabrera está fechado en 1964 y los trabajos en pequeño formato de Zarza son de 1970), sino que los jóvenes del presente amplifican dicha herencia cuando apelan al video y las nuevas tecnologías informáticas y dan muestras de una irreverencia poco menos que anarquista. En este sentido, la exposición corre el límite de lo posible más allá de la reflexión sobre el cuerpo o el erotismo (con la que hoy identificamos a artistas como Eduardo Hernández, Rocío García, René Peña y Elio Rodríguez) y nos convoca a un nuevo nivel. Ha sido inaugurado un campo.

IV

Desde tal punto, habría que entender como una convocatoria a la apertura, el hecho de que la habitual “voz autorizada”, propia de los catálogos, haya sido sustituída por una serie de preguntas hechas a cuatro críticos y curadores (tres de ellos mujeres, tres de ellos hoy día residentes fuera del país) más una joven estudiante de Historia del Arte en la Universidad de la Habana. Semejante fragmentación del lugar reservado a la autoridad, en este caso del intérprete de arte, democratiza la supuesta voz central y hace pensar que allí pudieron haber estado otros nombres, pues dentro de lo pornográfico “trabajamos” todos; a fin de cuentas, ninguno de los críticos convocados se reconoce o presenta a sí mismo como experto en el arte pornográfico, a no ser que consideremos como tal las cuatro citas de la artista futurista Valentine de Saint-Point repartidas a lo largo del catálogo y que numéricamente son casi tantas como la cantidad de críticos que en el proyecto participan.

La elección de este personaje por parte del curador tiene toda la intención de dar vida a una quinta voz, pero esta vez proveniente del pasado y con la aureola de lo mítico. Saint-Point ha cobrado importancia en años recientes no sólo por su condición de mujer, en un grupo donde la mayoría inmensa de los integrantes eran hombres, sino por haber confrontado a nivel textual la misoginia de Filippo Tomasso Marinetti, el fundador y figura mayor del movimiento. El 20 de febrero de 1909, en el diario parisino Le Figaro fue hecho público el Manifiesto futurista cuyos puntos 8 y 9 eran los siguientes:

Queremos glorificar la guerra – única higiene del mundo-, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las bellas ideas para las cuales se muere y el desprecio de la mujer.

Queremos destruir los museos, las bibliotecas, las academias variadas y combatir el moralismo, el feminismo y todas las demás cobardías oportunistas y utilitarias.

En respuesta a la ideología patriarcal que tales postulados implican, y el 20 marzo de 1912, Valentine de Saint-Point publica el Manifesto della donna futurista y al siguiente año el Manifiesto futurista de la lujuria; es de aquí que fueron tomadas las citas del catálogo, que ahora vale la pena reproducir:

El arte y la guerra son las grandes manifestaciones de la sensualidad: de ellas florece la lujuria.
Es preciso ser conscientes ante la lujuria. Es preciso hacer de la lujuria lo que un ser inteligente y refinado hace de sí mismo y de su propia vida. Es preciso hacer de la lujuria una forma de arte.

La lujuria estimula las energías y desencadena la fuerza.

¡Destruyamos las siniestras baratijas románticas, las margaritas deshojadas, los dúos bajo la luna, los falsos pudores hipócritas!

La distribución de las citas de Saint-Point a lo largo de todo el breve catálogo señala que es ella quien atraviesa sobre las dispersiones y las unifica por encima de matices o diferencias; de este modo, el conjunto invita a que nos unamos a la nueva militancia.
Esto hace desear la posibilidad de segunda vuelta que el título de la exposición promete para el año venidero; una muestra que no sólo integre nuevos soportes y formatos (por ejemplo, la caricatura o la animación), sino que enrumbe por caminos nuevos, convulsione las certezas que tenemos y proponga una realidad con otros límites.

v.

A manera de postdata

No quiero terminar sin hacer dos cosas, la primera de ellas destacar mis favoritos de la exposición. Rafael Zarza, cuya calidad técnica en el dibujo es impecable y que, además, presenta un mundo de imágenes sumamente personal. Sus toros copulantes insuflan una violencia que inquiieta al tema de la sexualidad humano-animal, de larga tradición en la historia de las artes plásticas. Uno no puede dejar de pensar en la energía de toros picassianos, deformados con expresividad expresionista, al tiempo que en las reses colgadas en ganchos de carnicería que pintó Bacon; como si ese deseo masculino que llena las imágenes comunicara también una sexualidad feroz que ronda con la muerte. Una sesión de ensayo del grupo de rock alternativo Porno para Ricardo es el disparador de una caótico-lúdica sesión de desnudismo colectivo (fotografiada por Leandro Bonachea y Claudio Fuentes), en la cual participan los músicos y varias mujeres, tal vez sus compañeras; dos pantallas muestran en sucesión decenas de fotos y como fondo escuchamos la música del grupo, famoso por la irreverencia de las letras y su espectacularidad en los conciertos. Rocío García participa con dos cuadros marcados por una atmósfera de misterio y poética violencia; su mundo transcurre en el espacio privado, en la galantería de una sexualidad refinada (por el aparato de conquista) al tiempo que dura. Sandra Ceballos, cuya obra hay que leer en contrapunto con las citas de Saint-Point, despliega una cama cubierta de grandes plátanos (llamados plátanos machos en Cuba) y, en un mismo movimiento, se burla tanto de la ideología patriarcal como del mito de la mujer que sufre en soledad, tal vez la lejanía del varón: su obra se titula El más rico de todos los machos. Rubén Cruces presentó una instalación en la cual, con ánimos de contraste, con el background de una melosa pieza de Ravel y encima de un cuadro abstracto es proyectada una película pornográfica; sólo que la película ha sido contrastada hasta que las figuras ya no son más que un juego de luz y sombras, abstractas ellas mismas. El efecto de extrañamiento que tal construcción provoca (al enlazar para lo abstracto el arte plástico, el cuerpo y el cine), constituye un atractivo procedimiento que el artista pudiera desarrollar en el futuro.

Lo segundo es un breve comentario a una de las respuestas de Suset Sánchez en el catálogo y que es que no se debe de olvidar que (ya desde El sistema de los objetos se veía venir esta obsesión) la idea baudrillardiana que conecta espectáculo hiperreal y pornografía fue pensada para criticar la el hiper-consumo y la obscenidad de lo político en la sociedad liberal. Junto con ello, recordar que al crítico le es poco menos que imposible dejar de ser (aparecer como) algún tipo de experto y que la valoración existe dentro de una cadena de valoraciones en el mundo. De tal modo, aunque se haga con un poco de cinismo, es perturbador que el crítico cargue sobre sus hombros, acepte, la decisión de si un grupo humano (en este caso, los cubanos) deben o no acceder (disfrutar) de la pornografía. La respuesta negativa, con el argumento de que la tienen a diario en su cotidianeidad como opción única, descalifica la propia exposición en la cual se participa. Sin embargo, esto no es tan confundidor como la segunda justificación de la negativa: mejor que conserven la pornografía como deseo, como imagen imposible, ya que, de todos modos, si accedieran a ella se decepcionarían. No es una maldición, pero sí una condicionante del diálogo, que la locación desde la cual se enuncia carga las palabras y frases semejantes, con unos pocos retoques, igual pueden ser dichas para comunidades indígenas en Bolivia o México, para negros de Haití, campesinos birmanos o mendigos callejeros de Calcuta.

Ni devorar al Otro a nombre de una supuesta modernidad que todos debemos de asumir, ni transformarlo en un nuevo tipo de salvaje rousseaniano, esta vez destinado al tantalismo. En lugar de ello, tal vez lo justo sea imaginar la pornografía de cualquier contexto (política y corporal) y tratar de entender, desde el adentro, las batallas más o menos extendidas que se dan para la redefinición de límites. Por ello, una gran felicitación para los organizadores y artistas que hicieron posible We are porno, sí. Aseguran que esto va ser anual: ¡nos vemos en la próxima!

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